
Entre 1976 y 1983, la historia de la enfermería en la provincia de Santa Fe quedó atravesada por uno de los períodos más oscuros del país. Lejos de ser espacios neutrales, los hospitales, sanatorios y maternidades se transformaron en territorios en disputa, donde el cuidado de la vida convivía con la vigilancia, el miedo y la represión.
La dictadura cívico-militar no solo persiguió militantes políticos: también puso en la mira a trabajadores de la salud. Enfermeros y enfermeras, por su cercanía con la comunidad y su compromiso social, fueron considerados sujetos “peligrosos”. Se intentó reducir su rol a una función técnica, despojada de pensamiento crítico, de vínculo humano y de toda dimensión comunitaria.
El hospital bajo control
En ciudades como Rosario, instituciones emblemáticas como el Hospital Provincial, el Hospital Centenario, Hospital Clemente Álvarez y la Maternidad Martin fueron intervenidas y militarizadas. Las guardias eran vigiladas, los ingresos controlados y el personal observado constantemente.
Frente a un “paciente sospechoso” —herido, perseguido o proveniente de un centro clandestino— el personal de enfermería quedaba atrapado en un dilema brutal: cuidar o delatar. Muchas veces, cumplir con la obligación de informar significaba condenar a ese paciente a la desaparición.
Sin embargo, incluso en ese contexto, hubo quienes eligieron el camino más difícil: sostener el cuidado como acto ético. Enfermeros que asistieron en silencio, que ocultaron identidades, que evitaron registros, que protegieron vidas.
La represión sobre la enfermería
La persecución no fue abstracta. Tuvo nombres, historias y ausencias que aún duelen.
El caso del Sanatorio Plaza de Rosario es uno de los más emblemáticos. El 11 de mayo de 1978, en plena jornada laboral, fueron secuestrados los enfermeros Ariel Morandi y Susana “Nadia” Miranda, una pareja joven unida por la vocación y el compromiso social. Horas antes, también había sido secuestrada su compañera Olga Moyano, quien sobrevivió y se convirtió en testigo clave para reconstruir lo ocurrido.
Morandi y Miranda fueron llevados al centro clandestino de detención que funcionaba en la Fábrica Militar Domingo Matheu. Permanecen desaparecidos. Décadas después, sus casos formaron parte de las condenas a prisión perpetua en juicios por delitos de lesa humanidad.
En la Maternidad Martin, la represión adquirió otra dimensión: la del control sobre los nacimientos. Mujeres embarazadas, detenidas ilegalmente, eran trasladadas para parir bajo custodia. Allí, enfermeras y parteras enfrentaron uno de los dilemas más profundos de la profesión: obedecer o resistir.
Muchas eligieron resistir. Intentaron registrar nombres, obtener datos, dejar rastros. Gracias a esos gestos —pequeños, silenciosos y peligrosos— hoy es posible reconstruir identidades y sostener la búsqueda de los nietos apropiados.
Pero también hubo quienes pagaron con su vida ese compromiso. Como la partera Hilda Milazzo de Savorani, secuestrada en 1977, o la enfermera Ana María “Laly” Moavro, del Hospital Centenario, perseguida por su compromiso con pacientes y compañeros.
Resistencia desde el cuidado
A pesar del terror, la enfermería no dejó de ser lo que es en esencia: una práctica profundamente humana.
Hubo redes clandestinas de atención a heridos. Hubo silencios que protegieron. Hubo manos que cuidaron cuando todo alrededor empujaba a abandonar.
En esos pasillos oscuros, donde la obediencia era impuesta, el acto de cuidar se volvió también un acto de resistencia.
Memoria, justicia y reparación
Con el regreso de la democracia, comenzó un largo camino de reconstrucción. Testimonios como el de Olga Moyano permitieron avanzar en los juicios y condenar a los responsables.
En paralelo, se desarrollaron políticas de memoria: placas, baldosas, señalizaciones en hospitales y sanatorios que hoy recuerdan a quienes fueron arrancados de sus lugares de trabajo. En el Sanatorio Plaza, dos lapachos amarillos florecen cada año como símbolo de vida frente al horror.
También se impulsó la reparación de legajos laborales, reemplazando el falso “abandono de servicio” por la verdad: fueron víctimas del terrorismo de Estado.
Un legado que interpela
Recordar a los enfermeros y enfermeras desaparecidos no es solo un ejercicio de memoria histórica. Es, sobre todo, una definición de identidad profesional.
Porque la enfermería no es solo técnica. Es vínculo, es ética, es compromiso con la dignidad humana.Y si algo dejó claro la dictadura, es que incluso en los contextos más extremos, cuidar puede ser un acto profundamente político
Referencias Bibliográficas
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Por Lic. Chira, Lorena.